Cuando estás en medio del tratamiento contra el cáncer, la idea de alegría puede sentirse casi ofensiva. ¿Cómo se supone que te sientas feliz cuando tu cuerpo está siendo sometido a tanto, cuando el futuro se siente incierto, cuando simplemente pasar el día requiere todo lo que tienes? Si ahí es donde estás, no estás equivocado por sentirte así. Y sin embargo, la alegría tiene una forma obstinada de aparecer, incluso en las temporadas más oscuras, si dejas una pequeña rendija en la puerta.
La alegría durante el cáncer no se parece a la alegría que conocías antes. No es unas vacaciones ni una celebración ni una tarde despreocupada. Es más silenciosa, más pequeña, y a menudo sorprendente. Es la calidez de la luz del sol a través de una ventana en una mañana fría. Es un mensaje de un amigo que te hace sonreír. Es el sabor de tu comida favorita en un día en que todo lo demás sabe a nada. Es tu perro acurrucándose junto a ti como si supiera exactamente lo que necesitas. Estos momentos son pequeños, pero son reales, y son tuyos.
Date permiso para sentirte bien. Muchos pacientes de cáncer cargan culpa por experimentar alegría, como si ser feliz de alguna manera significara que no se están tomando su enfermedad en serio, o que están traicionando la gravedad de su situación. Pero la alegría no es negación. No es minimizar lo que estás atravesando. Es tu espíritu recordándote que sigues vivo, sigues aquí, sigues siendo capaz de sentir algo hermoso incluso en medio de algo terrible.
Practica la observación. Cuando estás consumido por horarios de tratamiento, efectos secundarios y preocupación, es fácil que los buenos momentos pasen de largo. Intenta, aunque sea una vez al día, hacer una pausa y preguntarte: ¿hubo algo bueno en las últimas horas? Tal vez fue una enfermera que fue especialmente amable. Tal vez fue una canción en la radio que trajo un buen recuerdo. Tal vez fueron cinco minutos de paz cuando tu mente estuvo tranquila. Estos momentos existen. Notarlos es una habilidad, y se vuelve más fácil con la práctica.
Crea condiciones para pequeñas alegrías. No puedes forzar la felicidad, pero puedes preparar el escenario para ella. Mantén cosas a tu alrededor que traigan confort: una manta suave, una vela aromática, fotos de personas que amas, una lista de reproducción que levante tu ánimo, un libro que te transporte a otro lugar. Llena tu entorno inmediato con pequeñas invitaciones para sentirte bien.
Comparte tus momentos de alegría con alguien. Cuando algo te haga sonreír, cuéntaselo a alguien. La alegría crece cuando se comparte, incluso si se comparte a través de un simple mensaje de texto que dice: algo bueno pasó hoy. Estos intercambios se convierten en pequeños puntos de luz en un tiempo difícil, para ti y para las personas que te aman.
No estás traicionando tu dolor al dejar entrar momentos de felicidad. Estás honrando tu humanidad. Te estás recordando que el cáncer puede quitarte mucho, pero no puede quitarte todo. Todavía hay belleza por encontrar, todavía hay risas por tener, todavía hay calidez por sentir. Deja entrar esos momentos cuando lleguen. Los mereces.